Hasta Siempre, Compañero Eduardo Galeano. Y Gracias por las Utopías.
lunes, 13 de abril de 2015
domingo, 3 de agosto de 2014
jueves, 17 de abril de 2014
Adiós, Gabo
La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982. Texto completo.]
Gabriel García Márquez
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.
FIN
Adiós, Gabo
Frases de Gabriel García Márquez:
- "Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas. Ese es mi caso. Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual".
- "Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble... La gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía...".
- "El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más".
- "MACONDO era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".
- "Escribo para que me quieran más mis amigos".
- "Dicen que soy un mafioso, porque mi sentido de la amistad es tal que resulta un poco el de los gánsteres: por un lado mis amigos y por el otro el resto del mundo, con el cual tengo muy poco contacto".
- "¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar ni que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?".
- "Es muy difícil encontrar en mis novelas algo que no tenga un anclaje en la realidad".
Adiós, Gabo
LO QUE GABO DEJO
"El mejor oficio del mundo"
En su discurso ante la 52 Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), realizada en Los Ángeles el 7 octubre 1996, Gabriel García Márquez, creador de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, dio una cátedra abierta sobre los cambios que el oficio vivió a lo largo de los años y se explayó sobre su idea de qué es hacer periodismo. "A los graduados en periodismo no los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor", lamentó. A continuación, el discurso completo.
A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.
Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo.
El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.
El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.
La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo... como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.
La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.
Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.
La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.
Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.
No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.
Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.
Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.
Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.
Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.
La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.
Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.
El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.
Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio.
En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.
La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.
Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnifico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.
Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.
Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.
Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.
Fuente: Página/12
Adiós, Gabo
PUBLICADA EN OCTUBRE DE 1997
Entrevista exclusiva de Página/12 con García Márquez
"Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto a lo que hacen las demás personas. Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido: soy el hijo del telegrafista de Aracataca", se definió el escritor colombiano en este reportaje exclusivo realizado en Manhattan a fines de la década del '90. En la charla, el autor de Cien años de soledad habla de su rutina cotidiana cuando escribe, de las mediocridades del periodismo actual y de sus múltiples tareas “invisibles” como operador político entre Estados Unidos y los países de América latina.
Por Boris Muñoz *
El mensaje terminante fue enviado con un amigo personal, luego de una semana de cartas infructuosas:
–Dile que, si es un verdadero periodista, él sabrá qué tiene que hacer.
Desde las nueve y media de la mañana, el periodista novato esperaba pacientemente sentado en un sofá del lobby del Hotel Mark. La voz en el teléfono de la habitación le había dicho: “Salió temprano. Usted sabe que se la pasa de agasajo en agasajo”. Pero algo le decía que estaba ahí, en su habitación, leyendo tranquilamente los diarios colombianos, que un hombre con bigotes de charro mexicano acababa de alcanzarle.
A las once y media el veterano Premio Nobel salió del ascensor y caminó hacia la puerta del hotel sin mirar a los lados y con el paso rápido del que no quiere ser descubierto. Iba abrigado con un saco de cachemira negro y, debajo, un suéter deportivo que dejaba ver el cuello de una camisa blanca con rayas negras. Unos diminutos lentes oscuros –redondos, de montura antigua– ocultaban sus ojillos de aceituna negra. La forma de vestir y los inesperados anteojos generaban un perfecto contraste con la celebérrima cabeza de rulos color ceniza y los bigotes de leche. Al borde de la puerta se detuvo. Por fin, después de todo: ahí estaba García Márquez. Era el primer día de un otoño resplandeciente y en las calles de Nueva York hacía un frío que calaba los huesos. El periodista novato dijo:
–Señor García Márquez. Mucho gusto. Lo estoy buscando para hacerle una entrevista.
–¿Para qué me quiere hacer una entrevista? En Latinoamérica hay una magnificación viciosa de la entrevista. Creen que todo el periodismo se reduce a la entrevista. No entienden que la entrevista tiene sentido sólo cuando el entrevistado tiene algo que decir. Y yo no tengo nada que decir. Es mejor que no pierda su tiempo conmigo –dijo buscando con la vista la enorme limusina plateada que lo transportaba a lo largo y ancho de la Gran Manzana.
Controlando su estado de nervios, el periodista novato se atrevió a responder:
–Usted sabe cuál es la misión de un entrevistador.
–Yo nunca en mi vida he escrito una entrevista. Puede buscar en todo lo que he escrito y, si encuentra una entrevista mía, tráigamela que se la compro. Cuando trabajaba como reportero me iba a los lugares, observaba muy bien a su gente, tomaba algunas notas en una libreta y al volver escribía todo, recreando la situación de memoria. Vamos a tener que invitarlo a los talleres de la Escuela de Periodismo para que aprenda algunas cosas del oficio.
–Pero los editores...
–Los editores –dijo elevando su dedo índice hacia el cielo– mándelos a la mierda.
–¿A la mierda? ¿Cómo?
–Bien lejos, a la mierda. Usted no tiene que hacer lo que quieren los editores. –Acto seguido, García Márquez miró su muñeca y se dio cuenta de que había olvidado su reloj en la habitación–. Mire, es muy tarde. Tengo una cita a las once y media y olvidé mi reloj por el apuro. ¿Usted conoce el significado de la palabra ocupado? Yo soy una persona ocupada y lo que menos me gusta es que me pongan en situación de decir que no. No me gusta que me obliguen a decir no.
Todo esto dicho sentenciosamente, mientras tomaba al novato periodista por el brazo y caminaba hacia la limusina.
–Pero usted sí tiene cosas que decir. La semana pasada se reunió con el presidente Clinton. Y el problema de la desertificación de Colombia, en el asunto drogas...
–Mi reloj... voy a llegar tarde. Vamos a hacer algo: espéreme aquí en el hotel. Cuando vuelva, hablamos quince minutos. No sé por qué no entienden que uno es una persona ocupada –alcanzó a oír el periodista novato, mientras la cara de García Márquez desaparecía tras el cristal oscuro de la limusina. Antes de arrancar, el chofer (el mismo hombre con bigotes de charro mexicano que dos horas antes le había hecho llegar a la habitación 1451 los diarios del día) salió del auto con un mensaje: “El maestro García Márquez le manda decir que no se vaya”.
LA ALEGRIA DEL GABO
El periodista novato volvió al mismo sofá donde había estado desde las nueve y media. El lobby del hotel parecía la trastienda de un mercado de puerto, donde empleados y turistas pasaban de un idioma a otro en sus monólogos superpuestos: del francés al inglés, del español al árabe, del alemán a un dialecto de la India. Después de cuatro horas, el conserje del hotel, un argentino con destrezas políglotas, se atrevió a expresar su solidaridad al periodista novato: “No se preocupe, tenga paciencia que los inmortales se hacen esperar”.
Era la una y media cuando la limusina se detuvo nuevamente frente a las puertas del hotel. Casi al mismo tiempo salió de uno de los ascensores Mercedes Barcha, la sabia esposa de siempre y quizás el más famoso de los personajes de la vida de García Márquez. Caminaba con el mismo afán de invisibilidad de su marido, pero con paso aún más rápido. En un segundo desapareció tragada por una de las puertas de la inmensa ballena blanca con ruedas. Un momento después apareció García Márquez, calzándose en la muñeca el reloj que había olvidado en su habitación, y dijo:
–Llevo dos horas angustiado pensando que usted está aquí esperándome. Me tuve que quedar más tiempo en el sitio donde estaba y ahora voy saliendo a almorzar. Venga a las cuatro en punto y hablaremos quince minutos. Sólo quince minutos, porque tengo que salir volando al aeropuerto. Pero sepa que así no es la cosa. Así no se hace periodismo. La entrevista no es esto. La mejor entrevista que yo he leído en mi vida fue la que trató de hacerle Gay Talese a Frank Sinatra. ¿Quiere que le cuente?
–Por favor.
–Sinatra citó a Gay Talese en un hotel de Las Vegas. Cuando Talese llegó, a Sinatra no se le ocurrió nada mejor que enfermarse. Durante una semana estuvo Gay Talese tratando de entrevistar a Sinatra y durante una semana Sinatra canceló encuentro tras encuentro. Eso es la entrevista de Talese: la historia de cómo no pudo entrevistarlo durante toda esa semana. Es la mejor entrevista que he leído. ¿Sabe cómo se llama? “La gripe de Sinatra”.
Ahora son las 3.55. El periodista novato está sentado en el mismo sofá que al principio. Ha revisado mil veces la lista de preguntas. Ha chequeado el funcionamiento del grabador. Se siente sin duda listo, aunque un poco agotado física y mentalmente por las horas de espera. García Márquez y su esposa irrumpen en el hotel. Antes de abordar el ascensor, Mercedes le recuerda a su esposo: “Gabo, no te tardes, recuerda que te estamos esperando arriba”. García Márquez toma asiento y mira su reloj una vez más.
–Bueno, ¿de qué vamos a hablar?
–Un segundo. Voy a encender el grabador.
–¡Ah, no, nada de grabadoras! La grabadora es la culpable de muchos de los problemas y desviaciones del periodismo actual. Si quiere, tome notas. Pero, por favor, guarde la grabadora. Cuál es la primera pregunta.
–A dos años del siglo XXI, ¿cómo ve usted la situación de América latina? Pobreza, drogas, violencia, corrupción... ¿seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida?
–Sí. Seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida. Así será.
–¿Lo dice de verdad?
–¿Qué quiere que le diga? Para contestar a esa pregunta hacen falta tantas horas que el producto de la conversación alcanzaría para llenar una enciclopedia de cuatro tomos. Siguiente pregunta.
–Desde hace algunos años la enseñanza del periodismo ha sido un interés central en su trabajo intelectual. ¿Por qué le preocupa tanto el periodismo? ¿Cuál es el papel que le asigna en la actualidad y en el futuro de Latinoamérica?
–Cada día nos olvidamos más de la ética. Las escuelas de periodismo enseñan todo lo que tiene que ver con el periodismo, menos el oficio. El reportaje, que es el género que amo, ha sido degenerado a la entrevista. El reportaje es la reconstrucción de un hecho tal y como sucedió en todos sus detalles. Y eso es cada vez menos frecuente en el periodismo: cada vez hay menos reportajes y reporteros en Latinoamérica.
–Pero se publican buenos reportajes en todos los países de América latina, y además, hay también excelentes especialistas en reportajes.
–Nómbreme uno.
–Sin ir más lejos en Colombia están Germán Castro Caycedo y Mauricio Vargas. Y aquí está Alma Guillermoprieto...
–Ah, pero usted me está haciendo trampas. Me está nombrando a los buenos, y ésa no es la regla sino la excepción.
–Pero el problema del periodismo no es responsabilidad exclusiva de los periodistas y las escuelas, sino también de una concepción contemporánea de los medios de comunicación.
–Los periódicos han priorizado el equipamiento material e industrial, pero han invertido muy poco en la formación de los periodistas. La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia. A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor. En otros casos, se le pide al periodista que escriba un reportaje y luego llega una publicidad y el reportaje se ve reducido a una columna. Lo que creo es que debemos volver a la vieja manera del oficio. Eso es lo que tratamos de meterles en la cabeza a los periodistas que van a Cartagena. Llevamos a periodistas de mucha trayectoria para que les hablen a los jóvenes desde su experiencia directa en los medios. La ética y el oficio son los ingredientes principales.
–Al leer sus crónicas recogidas en Textos costeños sorprende la naturalidad con que asumió el oficio de periodista. La crítica habla mucho de cuáles fueron sus influencias literarias pero poco o nada de sus influencias periodísticas.
–Es muy sencillo. El reportaje era para mí un género literario. Yo llegué al periodismo con vocación y aptitudes de escritor. Lo que hice fue aplicar al periodismo las mismas técnicas de la literatura. No hay otro secreto que ése. ¿Está tomando notas?
–Lo estoy grabando... Con la mente, no con el grabador, no se preocupe.
García Márquez no contesta, pero mira su reloj, y el periodista novato se apresura a pasar a la pregunta siguiente.
–Este año se cumplen cincuenta años de la publicación de su primer cuento, treinta de Cien años de soledad, quince del Premio Nobel. ¿Se ha detenido a pensar por un momento qué significa esto? En sus años de La Cueva de Barranquilla, ¿sospechó alguna vez que todas estaban grabadas en la palma de su mano?
–No tenía nada grabado en la palma de mi mano. Yo sabía cómo y qué quería hacer, y lo hice contra viento y marea. Quería contar historias reales o ficticias y siempre lo supe. Nunca he ganado un centavo sin la máquina de escribir. Nunca me dejé seducir por algo que no fuera lo que yo quería hacer: contar historias en el periodismo, la literatura o el cine. Lo de la fama, las ventas de libros y el dinero vino después de que hice muchos reportajes que nadie leía y escribí algunos libros que nadie compraba. He sido feliz, y el secreto de la felicidad ha sido hacer siempre sólo lo que me gusta hacer: contar historias.
–Usted, que es mediador entre Washington y La Habana, ¿cómo ve en este momento las relaciones bilaterales? ¿Será posible un cese al bloqueo antes del año 2000, algo así como un borrón y cuenta nueva?
–Esa me parece una afirmación alegrona.
–¿Cuál?
–La de que yo soy mediador entre Cuba y Estados Unidos.
–Pero usted ha tenido varias reuniones con el presidente Clinton y es, además, amigo personal y cercano de Fidel Castro. Si no me equivoco, ha estado muy activo en los trámites de devolución del Canal de Panamá por parte de Estados Unidos. Y hace algunos años intervino para solucionar la crisis de los balseros cubanos...
–Nunca he sido mediador. Esa palabra es incorrecta.
–Al menos sí ha sido un observador...
–Observador sí, pero no mediador.
–Como observador, ¿considera usted que es posible poner fin al bloqueo?
–No lo sé. Lo único que sé es que ése es un bloqueo injusto y sin derecho. Tiene casi cuarenta años y no les ha servido para nada. El bloqueo de Estados Unidos sobre Cuba es un gran fracaso. Desde hace mucho tiempo. Cuba lo quiere tumbar, pero no hay señales del otro lado. A partir del día en que termine el bloqueo, la situación de los dos países fluirá instantáneamente. De eso sí estoy seguro.
–Dicen que hay dos tipos de escritores: aquellos para los cuales la literatura es una esposa y aquellos para quienes es una amante. ¿En cuál bando se ubicaría usted?
–¿Quién dice eso?
–Me dijeron que lo dijo Carmen Balcells, su editora.
–Se equivoca, Carmen Balcells no es mi editora, es mi agente literario.
–Perdón, su agente literario. Pero ¿en cuál bando se ubicaría?
–Las mejores esposas son siempre las grandes amantes. La literatura es mi esposa, mi amante, mi tía, mi hija y mi abuela.
–Si tuviera que contar una historia de amor en este momento, ¿cómo sería?
–Ya la he contado.
–El amor en los tiempos del cólera, por supuesto. Pero si tuviera que contarla en este momento...
–La contaría igual. Sólo que esta vez, en lugar de narrar su vida hasta los setenta años, la narraría hasta los noventa.
–Todo escritor tiene una historia que siempre ha querido escribir y que tal vez nunca escribirá. En su caso, ¿cuál es esa historia?
–Me surgen ideas a cada rato. Pero no tomo notas, porque si tomo notas les presto más atención a las notas que a la historia. Muchas de las ideas se van, otras siguen dándome vueltas. Las que resisten esa prueba son las que escribo. La historia, cuando es buena, se impone por sí misma.
–¿Y cómo ve el amor en este momento?
–Igual que a los quince o dieciocho: como la cosa más maravillosa sobre la Tierra.
–Usted ya no tiene quince ni dieciocho. ¿No ha cambiado el tiempo su ideal del amor?
–No crea que hay tanta diferencia. Como dice un amigo mío, que tiene ochenta años: el índice de mortalidad infantil es muy elevado, mientras las tasas de longevidad crecen día a día. El amor mueve con la misma fuerza a cualquier edad.
–Es cierto. ¿Se enamora usted todavía? ¿Se ha vuelto a enamorar?
–Y qué tal si yo le dijera que eso pertenece a mi vida privada. ¿O usted es un paparazzo?
–¡He estado esperándolo en la misma silla del lobby de este hotel hace ocho horas, y con su autorización!
–¿No será un paparazzo de esos que buscan detrás de la vida de la gente para...? –siguió García Márquez, ignorando al periodista novato, y desenredando el aire con los dedos, como si su mano nadara en una piscina imaginaria.
–No, no soy paparazzo. Soy estudiante y periodista. ¿Qué hace en el momento justo antes de sentarse a escribir?
–He logrado una rutina. Me despierto a las cinco de la mañana. Leo en la cama entre las cinco y las siete. A las siete me levanto, me baño y tomo el desayuno. Después me visto, como un empleado de banco que va a la oficina, y me siento a escribir. Escribo siempre vestido, nunca en pijama. Apenas me siento, reviso lo que hice ayer y continúo escribiendo lo que estaba haciendo. Porque al terminar el día anterior ya sabía por dónde seguir. Es una rutina que cumplo todos los días, no importa dónde esté, pues no sufro de bloqueos ni del terror a la página en blanco. Trabajo siempre hay y muchísimo.
–Entonces, ¿cuál es su mayor problema al escribir?
–El mayor problema es saber cuándo uno se miente a sí mismo. Porque cuando te mientes a ti mismo le mientes al lector, y la mentira es algo que el lector nunca perdona.
–¿Se ha descubierto mintiéndose a sí mismo?
–Todos los días. A veces estoy escribiendo y me detengo y me digo: “Mmm, por aquí no es la vaina. Esto no me suena”. Entonces vuelvo atrás y empiezo de nuevo. Hay que tener cuidado, porque mentirse a uno mismo es lo más peligroso que hay para un escritor.
–¿Sigue preguntándose cada mañana frente al espejo quién es y cuál es su lugar en el mundo?
–Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido. Soy el hijo del telegrafista de Aracataca. Por cierto, ¿de dónde sacó eso?
–Lo leí en una crónica de Fernando Quiroz que cuenta las rutinas de Gabriel García Márquez.
–Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto de lo que hacen las demás personas. Lo que pasa es que Fernando tiene mucha imaginación y, por supuesto, derecho a usarla.
–Entre Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro hay cuarenta años de distancia. ¿Cómo juzga el veterano escritor Gabriel García Márquez al reportero novato, feliz e indocumentado que recogió el testimonio de aquel sobreviviente?
–No entiendo.
–¿Piensa que el reportero novato que escribió Relato de un náufrago hubiera podido escribir Noticia de un secuestro?
–Sí, pero hubiera necesitado los tres años de dedicación absoluta que me tomó a mí Noticia de un secuestro. Relato de un náufrago se escribió en los mismos catorce días que duró el naufragio. Entrevistaba al náufrago por la mañana y durante el resto del día escribía artículos y editoriales. Tenía una presión bárbara. En Noticia de un secuestro tuve todo el tiempo del mundo para investigar y verificar los datos. Mi amigo Antonio Caballero dice que el libro es un reportaje en todo, excepto en una cosa: la falta de presión del cierre que define al reportaje como género. Si tuviera que escribir hoy Relato de un náufrago, lo escribiría igual. Y creo también que, si aquel joven que lo escribió hubiera tenido tiempo y dinero, habría podido escribir Noticia de un secuestro.
–Pero aquel periodista sin la fama y el prestigio de los que goza usted hoy en día no hubiera podido acceder al poder de la misma forma que usted lo hizo.
–No creas. Los periodistas siempre han tenido el poder de llegar al poder. Es cierto que antes era más fácil que hoy en día hablar con un presidente. Pero claro, muchos de los presidentes con los que tengo que hablar son menores que yo. Y eso sin duda me da una ventaja a la hora de llegar a ellos.
–¿Cuál es la frontera que separa al periodismo de la literatura?
–La realidad es el límite. La literatura es, para usar una expresión de nuestra época, la realidad virtual. Pero hay que ser verosímil en los dos campos. La diferencia es que en el periodismo, además, hay que ser fiel a los hechos.
–Le hago esa pregunta porque hay un texto suyo que aparece en un libro como crónica y en otro como cuento.
–¿Qué texto?
–Se llama “Cuento de horror para la noche vieja” y relata su visita y la de su familia a un castillo de Miguel Otero Silva, ubicado en la Toscana. El castillo estaba habitado por fantasmas. Si mal no recuerdo, usted contaba que había dormido en una habitación de la planta baja pero a la mañana siguiente se despertó con su esposa en el segundo piso y en la misma cama donde el antiguo dueño del castillo había matado a su amante. Ese relato aparece como cuento en Doce cuentos peregrinos y como crónica en Notas de prensa: 1980-1984.
–¡Ah, pero eso no es periodismo! Son notas de prensa... y no sólo esa historia, sino todo el libro está lleno de fantasmas. Además, voy a confesarle algo, todo lo que cuento allí ocurrió en verdad. Es una lástima que Miguel Otero Silva no esté aquí para verificarlo.
–Por cierto, ¿qué está escribiendo actualmente?
–Estoy escribiendo tres historias cortas. Bueno, no tan cortas: de unas 200 páginas cada una. Son historias que quería escribir antes de Noticia de un secuestro. Estaban en la cola, pero sólo ahora he podido entrarles de frente. Pero no se preocupe por escribir esto: no es una primicia. Ya ha sido publicado en todo el mundo y en todos los idiomas.
–¿De qué tratan?
–Son historias de amor entre personas con grandes diferencias de edad.
–¿Una mujer muy joven con un hombre muy viejo?
–Una mujer mayor con un hombre joven.
–¿Podría contar algo más?
–No puedo porque se me empavan.
–¿No es cierto que una de esas historias es el relato de una mujer que todos los años va a una isla a visitar en un cementerio los restos de su madre, y que en esos viajes le es infiel a su marido con un hombre distinto cada vez?
–¡Cómo supo eso!
–Usted mismo lo contó ante una audiencia de estudiantes en la Universidad de Georgetown, en Washington.
–Ah, sí... Pero lo que conté no tiene nada que ver con el resultado final de la historia. En realidad, conté una cosa distinta de la que estoy escribiendo. Esa es una técnica que tengo para probar las historias, que me permite ver las reacciones de la gente: saber qué están pensando, cómo sienten un argumento, si lo que les cuento los hipnotiza.
–¿Escribe doble, entonces?
–Alvaro Mutis, quien siempre lee primero que nadie lo que escribo, a veces me dice, cuando le llevo la versión final de un texto: “Ah, pero tú sí que eres cabrón; esto no fue lo que me contaste”.
–Hay una película que trata de dos amantes que se reúnen una vez al año en una isla, secretamente, para amarse. Los amantes son Jack Lemmon y Shirley Mac Laine, la película se llama El año que viene a la misma hora.
–Los actores son Alan Alda y Ellen Burstyn y no hay ninguna isla. Como ve, conozco la película. Pero en estos tiempos sabemos que no es la originalidad lo importante, sino la manera de contar la historia. Antígona y Prometeo... Cada siglo se vuelven a escribir los grandes mitos de la antigüedad griega porque son historias inmortales.
–Vuelvo a la primera pregunta de este reportaje: a dos años del siglo XXI, ¿cómo ve la situación de América latina?
–Lo único que me interesa es que Latinoamérica vaya adelante y no para atrás. Estamos en busca de la felicidad. Pero por favor no me pongas a hacer teoría política porque hace tiempo que nadie cree en ella, y en estos días nadie sabe qué se debe y qué no se debe hacer. La única certeza es que los latinoamericanos estamos en busca de la sociedad feliz.
–Una pregunta más. ¿A qué se debe que los escritores, pese a todas las debacles, sigan conservando el prestigio y autoridad que los políticos y los otros líderes de la sociedad han perdido?
–Un buen escritor, un buen artista, logra perpetuarse cuando se identifica plenamente con determinada realidad, cuando es un personaje de su lugar y su tiempo...
–“Yo soy yo y mi circunstancia”, como decía Ortega y Gasset...
–Eso lo dice usted, no yo. Usted está interpretando lo que yo digo. Yo no citaría ese ejemplo.
–¿A quién citaría?
–A Dante, Cervantes y Juan Rulfo. Me están esperando arriba desde hace rato –dijo García Márquez mirando el reloj por última vez.
–Una pregunta más.
–Hace una pregunta me dijiste “una pregunta más”, y con ésta son dos. Recuerda: lo más difícil de una entrevista no es saber por dónde empezarla sino dónde terminarla.
–¿Cómo se ve a sí mismo en este momento?
–Más simpático y más guapo que nunca.
Parecía un final jocoso, pero tenía a la vez algo solemne. Los dos personajes se levantaron de sus asientos y se estrecharon las manos en señal de despedida. Eran las 4 y 40 de la tarde: los quince minutos establecidos se habían multiplicado por tres. Un poco confundido, el periodista novato volvió a su asiento para poner las cosas en su sitio, mientras García Márquez permanecía infinitos segundos de pie con las manos en los bolsillos de su saco de cachemira negro, como esperando un ascensor invisible. No se miraban, aunque tampoco se decidían a moverse. Por fin, García Márquez volvió a extender la mano:
–Ahora sí me tengo que ir.
–Nos volveremos a ver.
–Bueno, pero no hoy, ¿verdad?
*Boris Muñoz es periodista e investigador venezolano.
Adiós, Gabo
“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano”.
Gabriel García Márquez, 21 de octubre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura.
Adiós, Gabo
Frases de Gabriel García Márquez:
-"Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es difícil para quien tiene corazón."
-"El sexo es el consuelo que le queda a uno cuando ya no le alcanza el amor."
-"Ofrecer amistad al que busca amor es dar pan al que se muere de sed."
-"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado."
-"Yo diría que el machismo, tanto en los hombres como en las mujeres, no es más que la usurpación del derecho ajeno. Así de simple."
-"El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno."
-"El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar."
-"La vida no es sino una continúa sucesión de oportunidades para sobrevivir."
-"Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez."
-"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla."
-"El afán de querer olvidarte es mi mayor ímpetu para recordarte."
-"El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad."
miércoles, 15 de enero de 2014
Adiós, Juan Gelman
Texto íntegro del discurso de Juan Gelman en la entrega del Premio Cervantes 2007 (23 de abril de 2008)
Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:
Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,
“puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría...
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable”.
A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.
Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?
Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.
Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.
Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.
Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.
Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?
Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.
Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.
Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿“En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos –dice Sancho–, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?
He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.
Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.
Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.
Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.
Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.
Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.
Adiós, Juan Gelman
MI BUENOS AIRES QUERIDO
Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.
Hasta Siempre, Compañero, Maestro, Poeta y Militante, Juan Gelman.
jueves, 7 de junio de 2012
7 de Junio - Día del Periodista
Dignidad de Rodolfo Walsh
"Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas."
"El campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra."
"El pueblo aprendió que estaba solo. . . El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza."
"Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."
"En medio de esa lucha por la justicia, la libertad y el imperio de la voluntad del pueblo, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su hermano."
"Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las cosas que odio: ya lo dije. Las cosas que quiero mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros."
"Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez."
"La realidad no sólo es apasionante, es casi incontable."
"El periodismo es libre o es una farsa."
Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA). "Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información."
7 de Junio - Día del Periodista
Mariano Moreno (Periodista, Escritor, Abogado, Revolucionario, Patriota)
"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila".
"La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo: si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria".
"Es justo que los pueblos esperen todo bueno de sus dignos representantes; pero también es conveniente que aprendan por sí mismos lo que es debido a sus intereses y derechos".
"El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso".
"Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que, indignamente, osasen atacarles".
"El gobierno antiguo nos había condenado a vegetar en la oscuridad y abatimiento, pero como la naturaleza nos ha criado para grandes cosas, hemos empezado a obrarlas, limpiando el terreno de tanto mandón ignorante".
"Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía".
"¿Por qué se han de ocultar a las Provincias sus medidas relativas a solidar su unión, bajo nuevo sistema? ¿Por qué se les ha de tener ignorantes de las noticias prósperas o adversas que manifiesten el sucesivo estado de la Península?... Para el logro de tan justos deseos ha resuelto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal, con el título de la Gaceta de Buenos Aires". (Mariano Moreno, Gaceta de Buenos Aires del 07 de Junio de 1810)
"Raros son estos tiempos felices en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa". (Frase de Tácito, publicada en el primer número de La Gazeta de Buenos Ayres el 7 de junio de 1810).
domingo, 13 de mayo de 2012
Adiós, Caloi
Con todo el humor del alma
"Caloi fue un creador más en la larga cadena para embellecer nuestro arte popular con inteligencia y trabajo", lo recordó Miguel Rep. "El humor del Negro ha sido rebelde, melancólico, porteño, futbolero, hedonista y atorrante", repasó en un intento por definir al creador de Clemente, la tira diaria que durante casi cuarenta años publicó en la contratapa de Clarín. Acerca de Caloi en su tinta, Rep resumió: "Inmenso, inmenso. Muchos de los creadores de animación que vendrán se generaron viendo al Negro presentando esas maravillas de la animación mundial".
El bandoneonista y compositor Rodolfo Mederos, quien realizó los arreglos musicales del film "Ánima Buenos Aires", estrenado el jueves pasado y que cuenta con la colaboración de Caloi, lamentó que "el 'Negro' no pueda ver lo exitoso de ese trabajo". "Figuras como él no se mueren, son un poco más eternas. A la hora de trabajar era un compinche, un cómplice, que es la mejor forma de trabajar y de vivir también", lo recordó.
"A través de Clemente, Caloi había establecido una complicidad con el público, con el argentino reo, con el tipo de barrio", señaló Carlos Nine, amigo y colega de Caloi, con quien participó de "Ánima...". "Es la partida de un amigo más, se suma a la muerte de Fontanarrosa, a la de muchos.. hay una sangría de dibujantes que no se puede creer. Pero lo veíamos venir, el Negro estaba peleándola muy terriblemente con el cáncer", reconoció Nine en diálogo con Télam. "Justamente estos días estaba viendo en Youtube, en Caloi en su tinta, una entrevista que le hicimos juntos al dibujante y humorista argentino José Muñoz, que vive en Milan, y le decía a mi mujer: `Mirá qué jóvenes y sanos que estábamos en el 80 y pico. Me lo veía venir, por eso nos miré jóvenes y fuertes", admitió quien dibujó innumerables tapas de la revista Humor.
Para Nine, "Caloi se salió del estereotipo del humorista habitual, hacía una sátira que remarcaba las características culturales nuestras. Supo leer una idiosincrasia y devolverla como un espejo a quien lo leía en el diario. Yo en Clemente me reconocía como argentino". Este dibujante que trabajó para revistas como Fierro, Noticias y Playboy, destacó la "tarea pedagógica de Caloi en su tinta, y la difusión que brindó a la animación tailandesa, checa y de tantas partes del mundo, a un público que no tenía idea de su existencia. Fue un operador cultural".
Nine contó que días atrás le hicieron un reportaje junto con María Verónica Ramírez, compañera de Caloi y productora de la película "Ánima...": "La entrevista se hizo en el Instituto del Diagnóstico, donde Caloi estaba internado, en un patio interno muy lindo, con una fuente... Yo estaba con María, él se asomó desde la ventana de su habitación, nos saludó y esa fue la última vez que lo vi", evocó.
Su par Horacio Altuna, desde España, subrayó que la muerte de Caloi es "una desaparición terrible: forma parte de la cultura popular y quedará en la memoria".
Por su parte, el dibujante y humorista Carlos Garaycochea subrayó el costado deportivo del creador de Clemente: "Con Caloi jugué años al básquet en Gimnasia y Esgrima, y su hijo estudió en mi escuela". "Se fue un pedazo mío, siento que se ha muerto una parte de mí", lamentó.
El director y animador Juan Zaramella remarcó que Caloi "fue un cimiento para el mundo de la animación. Le gustaban mucho las nuevas tecnologías". En tanto, Hugo Varela recordó que el libretista nacido en Salta en 1948 "deja toda una marca en la gente". "Siento que se va un ser muy valioso", lamentó.
Tinta negra
En Página/12, Rep tituló "Volverá y será millones", y dibujó un sinfín de Clementes mirando a un Clemente que saluda haciendo la V de la victoria: "Por fin. Hoy Clemente tiene manos".
En La Prensa, Kappel dibujó un Clemente alado y tras escribir "Hasta siempre, Negro, gracias por todo", manifestó: "Al principio algunos pensaban que era un pajarito...ahora Clemente tiene alas".
En Clarín, diario en el que Caloi colaboraba desde 1968, el espacio de Clemente lo ocupó un fondo blanco con la imagen de una pluma y una gota de tinta cayendo de ella. Allí, además, sus compañeros de contratapa escribieron "Adiós, querido Caloi. Te despiden con emoción todos los que te quieren y te admiran, que son multitudes. Y te despedimos nosotros con profundo cariño, los que vivimos en la última página del diario: Altuna, Sendra, Crist, Tabaré, Cora. No te olvidaremos".
Sendra dedicó su trabajo "Para el Negro Caloi y su exquisita alma de dibujante", y plasmó a Matías observando una lapicera con alas: "Y ésa debe ser el alma de un dibujante, supongo".
En la página 2 del mismo diario, Sendra también dedicó su tira habitual a Caloi: "Me gustaría estar seguro de que todos los dibujantes van al cielo...no siendo así, por lo que menos que nos manden a todos al mismo lado, digo".
"Diógenes y el linyera", de Tabaré, vieron a "Clemente" volar hasta convertirse en una estrella: "Es así, los genios no necesitan alas para volar tan lejos", dijo el linyera, y Diógenes acotó: "El universo tiene otra estrella".
Crist, por su parte, tituló su trabajo "Amigo" y escribió: "Ahora andará por ese mundo de nubes hechas con muchas rayitas, barcos de papel que navegan los arroyos que corren junto al cordón de la vereda, o tal vez en un submarino amarillo por el mar negro, negro de tinta china, por supuesto". Por su parte, Langer y Mira lo homenajearon con un Clemente a quien, entre lágrimas, le crecieron manos con las que terminó enjugando su dolor.
Liniers, desde su tira "Macanudo", en La Nación, dibujó a Clemente caminando rumbo al horizonte, donde agregó un sol negro y amarillo, los colores con que se identifica la obra más reconocida de Caloi.
Max Aguirre, desde "Jim, Jam y el otro", hizo que el gato de su obra comiera una aceituna como lo hacía Clemente.
Diego Parés, por su parte, mostró a Clemente atrapado por "la Parka", a quien le preguntó "¿Qué se siente ser internacional e impopular?", y agregar "Hay gente que sólo nace. Caloi es uno de ellos".
www.pagina12.com.ar
Cómo lo censuraba Joaquín Morales Solá
En una entrevista realizada por Felipe Pigna, Caloi reveló que el entonces jefe de Redacción de Clarín impedía la publicación de las tiras de Clemente.
La última entrevista televisiva que dio Caloi se transmitió el 22 de julio de 2011. El entrevistador era Felipe Pigna y la charla giró en torno a diversos ejes relacionados con la vida del dibujante. La censura fue uno de los temas que se pusieron sobre el tapete. Allí Caloi contó de qué forma el jefe de redacción de Clarín, Joaquín Morales Solá, hoy convertido en adalid de la libertad de prensa, era el encargado de censurar las tiras de Clemente. El diálogo entre Pigna y Caloi que reproducimos a continuación es más que elocuente. “Clemente –dice Caloi ante una pregunta de Pigna– no es una caricatura política, pero sí es un personaje que a veces, muchas veces toma temas de actualidad, pero no desde el análisis político sino del modo en que la gente toma a la política (…) Yo empecé a publicar dos o tres meses antes del golpe de Onganía. El primer o segundo decreto de Onganía fue cerrar Tía Vicenta. Hubo una revista que le sucedió, María Belén y Alejandra, en la que muy tempranamente conocimos, los humoristas de nuestra generación, lo que fue la censura…
–¿En qué punto la censura se convertía en autocensura?
–Lo de autocensura es un condicionamiento que uno toma para no dibujar al cuete. Yo creo que nunca trabajé en una revista o en un diario en el que yo estuviera ideológicamente de acuerdo. Siempre he tratado de mantener mi independencia, desde luego... Pero es algo que hablamos mucho con Quino, que últimamente está como desapareciendo el humor de autor, es decir, el lugar donde el humorista expresa sus pensamiento alejado de la línea editorial.
–¿Había alguien en el diario encargado de decirte qué tira iba y qué tira no iba?
–El editor responsable, el jefe de redacción… ahora el personaje que a mí me llamaba la atención, porque lo veo defendiendo la libertad de expresión y se siente amenazado… porque una cosa terrible que le pasa a todo aquel que crea es que lo censuren, yo sabía los límites de la censura para no trabajar al cuete, como te decía. Pero, bueno, había un personaje nefasto ahí que era Joaquín. “No va” decía Joaquín. Yo le decía: “Pero Joaquín, si le cambiamos un globo…”: “No va”, y punto.
–Joaquín Morales Solá…
–Sí, ese es uno de los personajes que, no era el único, pero uno de los que más recuerdo.
www.tiempo.infonews.com
Adiós, Caloi
UNO: EL CORAZON AL SUR
Los caballos y el tren
Él suele utilizar la metáfora de la ventana. La real, la de ahora, da al aire libre de Paseo Colón al mil y pico, al mundo en general. El cielo, la tierra, el río, la ciudad y la gente. Explica que antes también miraba por la ventana y dibujaba: pero la ventana daba al barrio -como la de Calé- y era chico le atraían las cosas que se movían. Dos, sobre todo: los caballos y el tren. En la primera infancia, antes del humor o la vocación está el registro reiterado de los caballos del sodero, del lechero, del pollero, de los carritos de la Panificadora Argentina. Después vendrían los que llevaban un cowboy, arriba, o los indios. Pero esos primeros son barriales, de carne y cuero, como suelen aparecer después, sobre las huellas o adoquines, arrastrando un sulki o un viejo carro de boteyero, como diría Clemente.
El tren viene a vapor, ruidoso y grandote, resoplando en la estación de Lomas cada vez que el viaje al centro es una ceremonia. Y las locomotoras y vagones, como los cortejos fúnebres, exigen espacio, metros para desplegarse. Entonces, como tizas que son pedazos de yeso de demolición, las figuras se suceden sobre el pavimento, obra colectiva en las que participan los pibes del barrio. También sirve el carbón para las paredes y -sobre todo- son ideales esos grandes planos que trae el padre a casa, en el reverso hay una inmensa superficie blanca para cubrir de dibujos, de punta a punta. En este espacio libre se explayan las fantasías, se deschavan obsesiones que no requieren muchas materias de psicoanálisis para descularlas: las puertas muy prolijas, los picaportes, las cerraduras y su pormenorizado agujerito, otra ventana tal vez, más estrecha y hacia adentro, para mirar otros bichos, saber de qué se trata.
Caloi siempre rescatará -cuando se explica- esa mirada interior como una continuidad, lo reflexivo por encima de lo dialogado; el monólogo antes que el peloteo verbal, a contrapelo, tal vez, de una constante generacional o amistosa -Fontanarrosa, Crist - que define a los setenta a sus amigos y compañeros de chiste. Y estamos hablando del principio antes de leer, antes de las imágenes de la revista, ventanas abiertas a la aventura dibujada y a la aventura de dibujar.
Tres ventanas entonces: la de la calle, la cerradura, los cuadritos de la historieta.
Los primeros dibujos de Caloi
Media americana
Cuenta: "Por los cinco o seis años me prende fuerte la historieta. Empiezo a dibujar aventuras realistas, serias, de cowboys o al estilo Tarzán. Era la influencia de las revistas de mediados de los cincuenta, como "Misterix". Luego vendrían "Hora Cero" y "Frontera". Hay por otra parte, una fuerte influencia, enseguida, de todos los dibujantes de "Rico Tipo" y "Patoruzú" que no recibía en casa pero que leía en la peluquería. Pausa acá.
Leer en la peluquería. Todo un rito de la época, cuando se hacía cola hasta que te atendían para hacerte la media americana. Ese peluquero era muy particular, una maravilla: bolche, le decían Canaro y tocaba el acordeón, tenia dos retratos colgados en el negocio, uno de Beethoven y otro de Cervantes; el la pila de revistas, "El Gráfico" consabido, "Rico Tipo" y "Patoruzú" y ... "Novedades de la Union Soviética". Además, era entrenador de basquet del club Los Andes. Un personaje.
Allí Carlos empieza a amar a Battaglia, el único que dibujaba hombres y mujeres con culo -altos, caídos, gordos...- e inventaba personajes como el sapo Felipe en Don Pascual, se deliraba; también a Ferro; a Oski; y a Calé, aunque estos dos le llegarían profundamente después. Calé, porque registraba algo demasiado inmediato, el barrio, y no le daba distancia; Oski, porque ese monito falsante primitivo e infantil exigía, paradójicamente, una mirada más madura: "Me he pasado la vida intentando dibujar como a un niño", citaba hace poco Sábat a Picasso, recuerda Caloi. Por eso, lo de Oski es posterior y más hondo.
El que si cala es Quinterno. Precisamente, Patoruzú y su versión de pibe. La mirada crítica-ideológica lo desdibujará luego, en su momento, con el facilismo de encontrar a Upa hecho un bobo y al paradójico indio reaccionario y estanciero... Sin embargo, ahí hay algo definitivo: "Lo más importatnte es la adhesión de la gente. Cuando adopta algo, le cambia el sentido, el contenido inclusive; y va mucho más allá del autor. Por eso Patoruzú es una cumbre de la historieta nacional. Por lo que significa para el pueblo".
De la peluquería de Canaro, entonces, Carlitos vuelve con las orejas aireadas, la nuca rapada y los ojos llenos de imágenes.
Disney revisado
En una tira reciente, Clemente ironizaba sobre la proliferación del inglés en las remeras, los avisos, el lenguaje de todos los días. A continuación, sin contradicciones aparentes, el atorrante -porque eso es, exactamente- no dejaba de lamentar la posibilidad de haber sido, en otras circunstancias un personaje de el "Guál Disney".
No pudo ser. Aunque el sueño de las marquesinas y los dibujos animadas a todos los colores habrá sido imaginado puntualmente por su creador cuando de pibe leía "El Pato Donald" - subtitulado "El Pato Donaldo y otras historietas" (sic) editado por Abril- y, alevosamente, copiaba sus personajes con perfección de plagiario.
Caloi pibe hace historietas con Mickey, Dippy, El Tío Patilludo, y les pone guiones propios.
Luego creará sus personajes propios, sus medios propios -revistas de continuará- que recibirán lectores propios, parientes y compañeros, en ediciones únicas cuidadosamente abrochadas. Y la escuela: "El Cuaderno era una revista de historietas". Pero es interesante la relación con Disney.
Aunque la huella no aparecerá en los primeros trabajos profesionales de los sesenta ni en los siguientes, cuando llegue el momento de echar a volar -sin alas- a Clemente, y el bicho a rayas gane espacio en la tira, el título y la titularidad, la mano de Disney se hará sentir, saludable. La transformación de Clemente, de inequívoco pájaro esmirriado en inclasificable animaloide -recientemente habló de su trompa, olvidando el antiguo pico pajaril...- tiene toda la impronta del hibernado creador.
Abierto a las formas múltiples de los creadores nacionales de los cincuenta en el campo del humor, abierta la ventana al barrio, abierta la revista enl las páginas universales del bicherío antropomorfo de Disney, el que dibuja todo en todas partes tiene, además, dos modelos de yapa, que le quedan grandes aún pero lo esperan para acompañarlo siempre: uno es el Quino anterior a Mafalda, el de los chistes mudos que admira su padre y guarda y recorta de las páginas de "Vea y Lea"; el otro es el padre de todos, el inventor de la síntesis, el monstruo; Saúl Steinberg. Por algún milagro o gracias especial hay un ejemplar de Todo en líneas, primer libro del maestro, editado por Abril en la Argentina hacia 1945, en la biblioteca de su casa. Eso le prepara el paladar.
Escuela de campeones
Carlos hizo un secundario riguroso, muy esforzado, en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Una promoción, la suya, inolvidable en todos los sentidos: por ahí andaban, en otras divisiones, los Abal Medina, Firmenich, Ramus...A mediados de los sesenta, la politización estudiantil secundaria enfrentaba a esos "tacuaritas" de la Guardia Restauradora Nacionalista con los "zurditos" del reformismo.
Carlos viene por izquierda: un abuelo anarco, un padre socialista. Y desde ahí se anota en las trenzadas del centro de estudiantes. En el estudio no hay vocación definida. Un compañero se lo dice: "¿Qué te rompés? Si vos vas a ser dibujante".
Y lo será. El ultimo año lo cursa en el Nacional de Adrogué. Es el ´66. Tiene diecisiete años cuando el general Onganía interrumpe -es un modo de decir- la continuidad del gobierno civil de Arturo Illia y le pone nombre a su golpe: Revolución Argentina. Es el momento en que el joven que dibuja profesores, historias satíricas para consumo interno del colegio, ilustra pizarrones y afiches, hace carteles para el club de barrio; es ése el momento que el joven elige, o la historia elige para él, y se decide a tomar el tren que de pibe dibujaba.
"El contacto fue Bróccolli. Alberto estaba casado con la hija de un amigo de mi viejo. Era de Adrogué y desde hacia unos meses colaboraba en "Tía Vicenta". Él me llevó. Junté todas las cosas que hacía por entonces y las firmé por primera vez Caloi. Antes había probado varias formas: Invertía el apellido, lo escribía con apóstrofe (L´Oiseau: el pájaro, en francés) o cualquier otra.
Nos pusimos con mi viejo a buscar algún nombre antiguo, de emperador o algo así que sonara clásico o histórico, como Demócrito o Landrú... Al final, no sé cómo, salió Caloi. Y quedó ", puede recordar sin énfasis.
Sin énfasis, tal vez, porque no tuvo mucho que caminar. Nunca. Los años de la segunda mitad de la década del sesenta dejaban la puertas abiertas, las calles abiertas, la historia misma -su libro- estaba abierto para quien quisiera escribirlo; los seminarios tenían un espacio para el humor; Flax opinaba en "Primera Plana", Mafalda ya estaba en "El Mundo" y amenazaba con su primer volumen, "Tía Vicenta" le tiraba de los bigotes a la foca y tensaba la censura. En ese aire baja del tren Caloi: ya estaba el Di Tella y se anunciaba El Cordobazo. Todo era posible, pese a Onganía.
Se vivía con la historia a favor.
DOS: LA TIA Y OTROS PARIENTES
El señor Landrú
El hombre con apodo de asesino de mujeres no asesina a nadie. Juan Carlos Colombres, por el contrario, da vida a su revista -que sale desde 1964 como suplemento de "El Mundo", donde también improvisa diariamente Mafalda- con toda la tinta nueva que fluye. "La revista del nuevo humor" se llamaba "Tía Vicenta" en los inicios, diez años atrás, tan revolucionaria. Ahora cobija bajo sus amplias polleras de señora gorda al joven Caloi y a tantos otros. "Me sorprendió la generosidad de Landrú, su criterio amplio, abierto, generoso y para nada sectario. Además, contra lo que puede pensarse, no es un hombre político ni politizado. Por eso lo suyo era y es tan fresco" dice hoy.
Lo que le llevaba inicialmente nada tenía de político, claro. En el momento de producir sus cosas originales, Caloi se define por un buen humor intimista y reflexivo, con variables absurdas y caminos alejados del costumbrismo, de todo lo que siguen haciendo "Patoruzú" y "Rico Tipo", ya de vuelta.
En la etapa del catálogo de Veinte años no es nada -la exposición del ´87- están esos personajes aplastados por huellas de pies monumentales, los diálogos con resonancias de vaga protesta humanista, la línea sintética.
Esta Quino allí, esta Steinberg, esta el efímero Copi que cuando vuelva ya será con los pollos sin sillas y la señora sentada desde París. En esa "Tía Vicenta" que será casi inmediatamente " María Belén" por la censura y luego "Tío Landrú" en la Editorial de "Primera Plana", y también en "La Hipotenusa", Caloi hace inicialmente ese humor blanco e intemporal que si entra en la historia será de rebote, por proyección de lo universal sobre la circunstancia nacional: "Una temática pueril con un dibujo sin oficio. Inclusive el libro que me llega en el ´68 es precoz: El libro largo de Caloi, a los veinte años con prologo de Brascó, es una oportunidad excesiva antes de que el dibujo estuviera a la altura de la exigencia. Y el tema también. Jugando vagamente con la referencia a El libro Rojo de Mao, es un producto típico de hippismo, la ideología de los jóvenes de entonces", asume, exagera ahora.
Pero la palomita de la paz que sobrevolaba todo el libro también se mandaba sus vuelos rasantes, cagaba algunas estatuas.
Hermanos de tinta
La manga ancha y las paginas amarillas de Landrú son desaforadamente aprovechadas por jóvenes apurados. Por entonces, por ejemplo, Broccoli no era el prolijo y decorativo diseñador de personajes sin aristas que redondearía El Mago Fafá y Juan y El Preguntón en la década siguiente. No: era Histerio, un imprevisible feísta de dibujo en continua revolución. Y por ahí asomaban los arrebatos del primitivo Jorge Sanzol en "La Hipotenusa", de Oscar Grillo, de todos los raros que traían algo extraño, lindo, "op" o "pop" a la moda.
"Landru nos dió la primera oportunidad a Ceo, Sanzol, Bróccoli, Aldo Rivero, inclusive a uno que firmaba primero Verdoux, luego Pan Duro y que después seria Limura", agradece Caloi. Y si la experimentación era un espacio concurrido, por otro lado los ruidos de la historia llegaban hasta el papel y se hacían oír de cualquier manera. El cambio en la temática, que tiene que ver genéricamente con el "calentamiento" social coincidente con el fin de la década, da confluencias curiosas que Caloi ve con precisión.
"Las consignas de la paz, las flores y todo lo demás se traducen en oposición al gobierno militar. Genéricamente, en mi mundo de entonces, están los burgueses, clásicos gordos con cadena y chaleco; los hombres, el hombre común, que no tiene vestimenta sino un cuello apenas insinuado, y los militares con sus cascos y uniformes. Estabamos contra los militares porque hacían la guerra y por añadidura, porque eran dictadura. Lo universal y lo nacional se encontraban allí".
Pero hay algo más en eso. Ya en "Tío Landru", hay brotes de humor muy violento y puntual que quizá hoy no se soportarían y recuerdan las salvajadas de Demócrito o Stein en "El Mosquito": cuando el gobernador Caballero encabeza en Córdoba un intento claramente corporativista con el apoyo del ministro del Interior de Ongania, Guillermo Borda, cabeza visible del sector "nacionalista" del gobierno, Caloi publica un dibujo en que el ministro maneja una "vuelta al mundo" cuya armazón es un svástica... En una de las sillas, va sentada La República.
Por ésa y otras por el estilo, "Tío Landrú" cerró. Aunque enmascarado de problema empresarial, el cierre fue político. Pero no se podía cerrar también el país, que continuaba abierto, y en ebullición, las 24 horas del día.
Encuentros cercanos
Con ciertos tipos. Con ciertas cosas. Con ciertas experiencias (Carlos se casa a los 19, se separa a los 21: "Estaba casado pero no dejaba de ir los sábados al baile, a milonguear como de soltero... Era la Nueva Canción argentina que presentaba el "pariente", el Negro Edgardo Suárez: Almendra, Manal, pero también el Grupo Vocal Argentino y Mercedes Sosa"). Con cierta historia y ciertas realidades inmediatas (Trabajaba en "Análisis" y por primera vez asiste a un conflicto gremial desde adentro, la liquidación de una fuente de trabajo, los manejos de la patronal, las complicidades). Ahí precisamente, en "Análisis", donde hace inclusive caricaturas políticas, color para la tapa además de su sección fija, tiene la experiencia -luego una constante en su trayectoria- de trabajar con lo suyo en un medio no humorístico sino de interés general. Entre 1968 y 1971 conocerá allí a hombres como el dibujante Alfredo Bettanin, jefe de arte y tapista, al poeta Horacio Salas -tiene una hermosa versión ilustrada de su poema "La soledad en pedazos"- y con ellos y otros mentores y amigos recorrerá el camino que lo llevará, paulatinamente y firmemente, a una definición política que comparte -también en este caso- con la mayoría de su generación.
Engoblado en ese vasto movimiento histórico que se describió en su momento como la "nacionalización de las capas medias" -en términos culturales y políticos-, identificándose con los diferentes matices del peronismo, Caloi se encuentra un día junto a su hermano Claudio, preguntándole a su padre por el autor de un tango, por aquel personaje de los cuarenta. La memoria histórica y la cultura popular son dos ademanes inseparables y en ese sentido, libros como Mi Buenos Aires querido, editado en 1978 pero verdadera antología retrospectiva que se remonta a una década atrás, es un testimonio de ese gesto recuperador.
Con los años, con los avatares de la historia y de los medios, el muñeco parlante que llevó a Clemente a la TV en los años ochenta cumplirá una función mediadora entre generaciones, rescatará las formas más directas y espontáneas de la comunicación popular -el juego, el canto, la reunión- olvidadas o acalladas por el bombardeo de los medios, y en boca de un personaje identificado con los pibes tenderá ese puente siempre tambaleante, siempre necesario.
Viejos por la calle
Siempre aparecen, como los "negros", en cada recodo de la conversación. Son los "viejos". Los del dibujo y los de la vida. O los de las dos cosas, como Oski, que está siempre presente, como un hilo conductor en todo lo de Caloi. Inclusive cuando hace las memorables campañas publicitarias de Parliament -los primeros trabajos, variaciones sobre "El pensador", de Rodin, Napoleón o Descartes son del '69; las ultimas, de casi diez años después- hay en esa cargazón reconstructiva, barroca por los detalles, por el énfasis ridículo, un indudable homenaje a esa obra maestra que es la Vera Historia de Indias del maestro Oscar Conti. El mismo por el cual Clemente hizo una pausa en el momento de su muerte, en el '79, y sin cruzar cancheramente la patita, dijo deberle o poco menos su existencia... Viejos... Como el abuelo que un día del '74 se distrajo o se dejó distraer por la pena y al cruzar Libertador lo atropelló un bólido. Ver pasar el cortejo con los restos de otro Viejo, Perón, lo había deprimido tanto que no llegó a recuperarse. La abuela le sugirió que se fuera a jugar a las bochas a YPF, como siempre, el club de enfrente. No llegó. No arrimó...
O su propio viejo, al que reencontró en la Plaza el día en que se anunció la nacionalización de las bocas de expendio de hidrocarburos: "Por lo que siempre luché" decía el antiguo empleado petrolero, el socialista de Palacios. Y ese padre se iría muy pronto también, como si esos años -y él apenas si tiene por entonces veinticinco- fueran los de crecer de golpe en medio del vértigo de la historia que quema diariamente etapas en los diarios, en medio de las responsabilidades que le da un hijo reciente que debe alimentar cada día y no sabe bien cómo.
Estamos hablando de Clemente, claro: "Es de Piscis, nació el 13 de marzo de 1973", le explicaba seriamente una vez a Cecilia Absatz en "Claudia". "En realidad, la tira empezó el 12 de marzo, pero en ese entonces el personaje principal se llamaba Bartolo. Clemente apareció por primera vez al día siguiente. La hora de nacimiento la calculamos por la hora de aparición del diario, es decir que tiene ascendiente en Acuario. El personaje estaba creado desde hacía tres meses pero a ese tiempo lo consideramos como la época de gestación, concluía.
Aunque en realidad empezaba otra historia. La grande.
TRES: SALUDO AL PAJARO
Por el aviso
No es cierto que Caloi haya irrumpido en "Clarín" con Bartolo y el tranvía.
Está de antes, desde bastante antes: no hace mucho le dieron una medalla por los veinte años de colaboración con la empresa... Y las circunstancias de su ingreso merecen recordarse por ejemplares, típicas e insólitas.
Entró -como no podía ser de otra manera- por un aviso. El texto aparecido en la sección correspondiente de clasificados pedía: "Importante publicación busca dibujante de tira diaria". No decía que medio. No le importó y mandó de todo: tiras y dibujos. Pasó un tiempo y recibió un telegrama: era de "Clarín". Citándolo. No por la tira sino por los dibujos sueltos. Y entro así, en "Clarín revista", que en ese 1968 empezaba a tener el perfil que mantiene hasta hoy.
La historia se la contó Leon Bouché, un viejo periodista de la larga trayectoria desde "El Hogar" y "Mundo Argentino", que estaba en el proyecto de la revista. Le explicó que cuando llegaban las respuestas al aviso del diario, iban acumulando todo el material en una mesa de redacción. Había una pila. Bouché pasó, vió un dibujito que le gustaba y se lo afanó...
Automáticamente lo sacó del concurso del diario. Pero poco después lo llamaba para trabajar con él.
Al principio hacía una tirita vertical muda o casi -tal su estilo primitivo en la penúltima página, y viñetas ilustrando una sección de breves en la primera. Luego su sección fue evolucionando y se convirtió en el Caloidoscopio. Para 1973 era un lugar consolidado, el espacio donde desarrollaría más y mejor sus posibilidades temáticas libres y su evolución expresiva. De esa fecha es precisamente el libro Caloidoscopio, una sólida antología precedida por Humor libre, del año anterior. La vertiente deportiva de esa "marca de fábrica" se plasmaría pronto en "El Gráfico", donde el Caloidoscopio deportivo iría a ocupar por largos años el espacio que dejaran las Garaycachadas de Garaycochea.
Desde esos espacios estables, con inserciones esporádicas en otros medios estrictamente humorísticos, como la efímera "Mengano", Caloi iría elaborando su manera y su estilo propio, reflexivo y tierno, sentimental y tan abstracto, a veces, como imperdonablemente tanguero o del tablón, lo dice y lo sabe: Quino, Oski, Calé en el olfato.
Pero ya es él.
Y sin embargo, con sus esplendores, no era ése su lugar definitivo. Había una tira en su vida -porque se le frustró- por suerte antes... -y no era ese perito Suncho que intentó y quedó atado. El otro animal, Clemente, también empezó, encadenado. Pero se soltó.
A la Bartolo
Cuando "Clarín" decidió abandonar las tiras extranjeras que sobrevivían en su página postrera, se acordó de él. No sólo para que hiciera algo que no fuera el Colita de Disney, sino para que convocara, armara de algún modo la página con otros dibujantes. Es historia conocida la que siguió: "Así fue como llevé a Fontanarrosa, Crist, Broccoli -que fueron los que quedaron- y a dos talentosos más que no pudieron enganchar: Limura y Amengual. Los que hacían chistes unitarios quedaron en la página final, las tiras Bartolo y El Mago Fafa sirvieron para armar la retiración de contratapa, la penúltima, bah. Ahí estaban Mut y Jeff que sería la última en abandonar la página a la llegada de Teodoro y Cia, y "Clarín" incorporó a Dobal. Además, había una tira costumbrista, de dibujo realista que hacia Mezzadra: El carrerito del Parque".
Lo sintomático es que, cuando el diario le pide que adelante diez tiras y esboce un esquema del desarrollo posterior, improvise un poco y termine reconociendo que mentía: "Les dije que todo lo que les prometiera seria un gran camelo porque no tenía la menor idea de cómo iba a seguir eso. Me había propuesto hacer una tira libre, que no me esclavizara. Ese era el gran miedo, luego del ejemplo reciente de Mafalda, que había llegado a saturar a Quino.
Por eso, haciendo la salvedad que era camelo, hablé de Bartolo y de su tranvía muy especial que recorría Buenos Aires con una especie de pajarito a rayas, Clemente, y así iba evocando tiempos y lugares".
Y así fue, sin duda al principio: la primera tira es un chiste alevosamente porteño de baches... y hay casi una declaración formal a Bartolo. No cumplió.
Hasta el tipo de dibujo inicial -emparentado claramente con algunas muestras de Mi Buenos Aires querido- apunta a la idea de poner el eje en la ciudad y sus climas. Pero por otro lado el imperativo era la libertad, la necesidad de poder improvisar cada día y encontrar formas de expresión con los menores condicionamientos posibles. Caloi tuvo en cuenta hasta en el hecho de la definición física de "los monitos".
"Busqué el dibujo que hiciera más libremente y me di cuenta que al hablar por teléfono o en cualquier momento en que me ponía a jugar con el lápiz, hacía una especie de pajarito rayado y un hombrecito con gorro. Era un dibujo casi inconsciente. Entonces decidí trabajar sobre esa base: la facilidad, la forma espontánea", dice.
Como el arquero chino -no el de fútbol sino el que tensa la cuerda para arrojar el dardo que acierta en la medida en que no apunta; así, "a la Bartolo", Caloi encontraría lo que buscaba sin saberlo. Y el público lector lo reconocería en esa búsqueda.
El otro yo del señor Loiseau
Como el inolvidable personaje de Divito -El Otro Yo del Dr. Merengue- hay una parte incontrolable en la creación de Caloi, un elemento desaforado que pide expresión; una locura que reclama derechos y termina ganándolos "por prepotencia de imaginación", para fraseando a Arlt. Porque Clemente sentía que "el futuro es nuestro". Y fue de él, es decir, de nosotros y del autor, que encontró y encontramos un vehículo de identificación sin solemnidades ni compromisos. Una complicidad mejor, mejor: un diálogo aparte. Pero no fue fácil ni repentino. Si en un principio Bartolo encarnaba "la realidad" y Clemente la salida loca, ambas posibilidades estaban presentes y jerarquizadas: una cadena de por medio, un tratamiento desparejo (vos/usted), dos niveles del lenguaje y una relación de casi "gefe/casi perro". Pero día a día, insensiblemente o de a saltos, esa legalidad inicial fue trastocando, equilibrando los tantos. Casi inmediatamente, pasó el eje de interés de Bartolo a Clemente -sus problemas, sus necesidades, sus torpezas- y a partir de allí, cambiaron los términos de la relación.
Gráficamente, disminuyó la diferencia detallada; en lo conceptual, se horizontalizó el vehículo, y pasaron a ser simplemente amigos.
Y Clemente cambió. Rápidamente fue más grande , aumentó el tamaño de su cabeza por la necesidad de mayor expresividad en ojos y boca -de ahí la "disneyzación"-, se fue "despajarizando" su figura, redondeando el cuerpo y el pico que sería trompa después, luego de perder rápidamente los agujeritos de las fosas nasales... Y, sobre todo, Clemente trocó sus aparentes carencias iniciales -como hablar "mal", con "faltas" de ortografía, ser ignorante o no tener alas- en rasgos distintivos y tácitamente positivos: usar la lengua coloquial, asumirse como un ser diferente, distinto y en sí. A partir de ese salto personal, empezó a arrastrar la tira hacia otros rumbos, ya sin límites precisos. Manejaba él.
Así, paulatinamente desaparece el contexto figurativo, el escenario y todo indicador realista, y los personajes aparecen situados en un lugar virtual, abierto. No están en ninguna otra parte que no sea la tira; ése es un espacio material, su casa. Paralelamente, los temas se expanden y cuando en la tira 40 el tranvía levanta vuelo, nadie se ve en la necesidad de explicar nada. A partir de allí habrá el juego libre y uno de los elementos mas curiosos y enriquecedores será la ruptura de toda regla de veracidad y el paulatino desborde hacia "adentro" de la imaginación creadora, Caloi juega con las reglas convencionales del género, con sus signos, y -este es su verdadero salto- con el principio de identidad: Clemente deja de ser uno -sin dejar de ser alguien particular- y pasa a ser una clase, un tipo, una especie.
El Otro Yo ha triunfado definitivamente.
Borrón y bota nueva
"Yo conocí argentinos felices", dice Caloi, me parece decir Clemente a partir del '76. Porque es indudable que el clima en que creció nada tiene que ver -histórica, políticamente hablando-, con el que le toca vivir en la madurez".
Puntualmente: la tira Bartolo, luego Bartolo y Clemente, luego Clemente y Bartolo hasta el último cambio de firma, fue mucho más metafísica, abstracta o reflexiva que sociologica durante su primer tramo. Y no le faltaba autoconciencia al personaje: "esta tira se está poniendo medio intelestual" (sic), reflexiona luego de un desafuero lógico el pajarito a rayas. El mismo Caloi lo expresa en términos más concretos, en otros terrenos: "Al principio no se sabia que pasaba. Cada día era una novedad y la gente no se enganchaba con tantos juegos y novedades formales. Pero en mí había, y es una constante que reaparece, una especie de necesidad de hacer participar al público de las reglas del género, de experimentar con posibilidades, romper convenciones y hacerlas evidentes con su uso intencionado". Sin embargo, hubo un momento en que el cambio formal significó un viraje definitivo: es cuando Clemente se da vuelta y "habla a cámara"... A partir de allí, aunque siga teniendo relaciones internas con los eventuales compañeros de tira, su interlocutor va a ser lector. Y ahí, cuando cruza la patita y le habla cancheramente, está fundando una novedad absoluta.
Nacido en años de esperanza -el fin del Lanussismo, el triunfo popular, el gobierno constitucional, la experiencia democratica, el consumo, la riqueza mejor repartida. Clemente arrastrará consigo, mas allá del golpe y la dictadura, la mística feliz de la gente en esos tres años previos, tumultuosos pero propios, vividos como gobierno compartido. Clemente dejará definitivamente de volar, se hará mas terrestre y pegado a las cosas de todos los días, buscará en la complicidad del lector -guiñadas mediante- mantener la memoria de esos años, el calor compartido, le experiencia que un día fue y que el enemigo borronea, trata de disolver en la violencia.
Con ese intento de borrón y las botas nuevas termina una década de humor y militancia -no necesariamente partidaria- al lado de la gente.
Lo que viene no podría ser mirado por la cerradura, no era una historieta ni bastaba con abrir la ventana. Pero había que estar ahí, sin hacerse el distraído. Escuchar el rumor de la gente y devolver ese sonido, hacerlo audible.
Acompañar el gesto popular... Como el perrito que en esa memorable secuencia corre junto al jefe de estación que se acicala para ver pasar, saludar al rápido que arrasa veloz y distraído como la historia misma.
Juan Sasturain
Octubre de 1998
www.caloi.com.ar
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